martes, 29 de enero de 2008

La población

Desde los primeros años de reinado, Atilio I había comprendido la necesidad de utilizar a los plebeyos para contener a los aristócratas. Esto le fue sugerido por un colaborador cercano, que le mostró con ejemplos sencillos la mecánica del poder. "No deben existir fuerzas internas, por muy convenientes que parezcan, que no puedan ser destruidas por otras fuerzas. El poder lo tiene quien sea capaz de desencadenar las reacciones de las distintas capas de la sociedad." "El gobernante no conoce más interés que conservar su dominio. No puede representar a ningún grupo. Todas sus alianzas son efímeras y tiene que cuidarse de ser quien las rompa." "No dejes a un enemigo moribundo, ni a sus herederos vivos."

Comenzó una activa política de aproximación a los villanos, labriegos y artesanos. Todo siervo podía acudir a un paje a presentar una reclamación contra su señor. Proclamándose protector de los plebeyos consolidó las bases de un dominio permanente, sólo destruible desde afuera. Al impedir los castigos más fuertes y las condiciones más inhumanas que podrían destinar los señores a sus siervos, provocó la pérdida de la servidumbre, sin necesidad de imponerlo mediante ukase real. Gracias al espionaje, las medidas arbitrarias, la falta de trabajadores y la incapacidad de los señores para enriquecerse en una situación tan insegura, el Trono emergió como la única fuerza activa en el Reino.

La pobreza se extendió desde las chozas al borde de los campos antiguamente cultivados hacia las mansiones señoriales. Penas crudelísimas se impondrían a quienes atentaran contra la propiedad real o la de alguno de los principales pajes. En cambio, se enviaron recaudadores a las casas de los señores nuevos o antiguos que habían caído en desgracia por razones intricadas, con órdenes de decomiso de todo bien transportable. Éstos se repartían entre los sectores más necesitados, consiguiendo una notable disminución de la mortalidad por causas relacionadas con la miseria extrema. Por otra parte, la dinámica social se volvió incomprensible. Nadie en el Reino podía presumir de haber encontrado un método para prosperar. El cultivo de la tierra y la cría de animales, vías tradicionalmente seguras aunque lentas fueron intentadas una y otra vez, con persistencia animal y siempre tropezaban con sucesos o nuevas reglas que inutilizaban el intento.

A pesar de la inconveniencia, y de algunos fiascos atribuidos a malas interpretaciones, terminó por imponerse como norma de conducta la de no hacer nada sin una orden real transmitida a través de los pajes. Al Rey le encantaba la caridad y podía ser espléndido con sus súbditos empobrecidos.

Con los años, la antigua solvencia se convirtió en una leyenda sin fundamento. Cuando dejaron de perseguir a los agricultores, habían desaparecido las especies cultivables comunes y los animales susceptibles de utilizarse como ganado. A pesar de haber vivido el período de paz más largo que se conociera, el Reino parecía siempre acabado de salir de una devastadora guerra.

En el Virreinato, las cosas debían cambiar. "Debemos ocuparnos de la Población." Decían las Princesas. "Ahora nos toca a los jóvenes." Decía Etyán.

Se habían repartido el país en provincias y eran los únicos intercesores en sus territorios respectivos. Aunque pendientes de la supuesta aprobación del monarca, su autoridad era indiscutida. Las virreinas se esforzaban por superar a Etyán, que había conseguido éxitos notables gracias a los consejos de un grupo de amigos a los que solía llamar "la cámara". Estos éxitos se basaban en algunas disposiciones que implantó con energía inagotable: primero, declarar obligatorio el trabajo para toda la "población" so pena de ser privados de los alimentos que graciosamente el Virrey repartía cada lunes. Segundo, entregar terrenos en parcelas equivalentes a todas las familias seleccionadas para ello por el número de hijos varones y la edad de los padres. Estas familias debían cultivar verdolaga, habichuelas y zanahorias, únicos que habían podido ser "rescatados" y entregar cuotas elevadas a los recaudadores que los repartirían a toda la población. La tercera disposición fue fomentar la cría intensiva de garzas, cuervos y cigüeñas, ya que no fue posible encontrar animales de pelo para iniciar la ganadería. A pesar del escepticismo y las burlas solapadas de algunos guasones, en pocos años hubo aves suficientes para alejar la hambruna. Nuevas tradiciones de alta cocina permitieron encontrar recetas y sazones que corrieron de mano en mano. La abundancia de ejemplares y las técnicas de recolección de huevos, suplieron ventajosamente la delgadez de las extremidades y la pechuga de aquellas aves.

Como los súbditos se reproducían lentamente, el reino estaba envejeciendo. Quedaban pocas casas antiguas, muchas tradiciones y conocimientos habían perdido su utilidad y desaparecieron sin dejar rastro. Pocos recordaban aún su origen familiar, su estatus anterior al nuevo reino. Señores, artesanos, campesinos, siervos y pajes se habían fundido en un único grupo: la Población. El club de los pajes se mantenía un escalón por encima del resto, pero la frecuencia de sus defenestraciones no les permitía formar una capa diferenciada. Sólo vivían de forma distinta la familia real y un pequeño grupo de cortesanos estables. El único lugar donde quedaban cerdos, venados y pollos, era la finca del monarca, en cuyo huerto había vegetales exóticos ya olvidados completamente por la población.

Una mañana, el monarca no pudo presentarse al desayuno. Las Princesas Primorosas y Etyán, obligados por real voluntad, desayunaron sin su presencia. Después, se dirigieron a los aposentos del soberano, pero éste había dado órdenes de no permitirles la entrada. Etyán convocó a las mujeres en el jardín.

- ¿Alguna de ustedes sabe qué pasa?

- Yo creo que papi está muy enfermo. Si no, no nos hubiera dejado sin saber qué pasa.

- ¿Qué hacemos?

- Por ahora, seguir como si nada. Él debe comunicarse con nosotros.

- No, no. No podemos perder tiempo. Hay que saber. ¿Tenemos a alguien que pueda darnos noticias?

- El médico. Esperen… ¡Yasmín! ¿Has visto al Barajbe?

- No. Nadie lo ha visto.

- Debe estar con el Rey.

- ¡Voy a entrar!

- Mejor, no. ¿Si está bien y no quiere que lo molesten?

Después de un rato de deliberaciones, se retiraron. Pero a media tarde, sin acordarlo, estaban de regreso. El Rey continuaba sin dejarse ver.

(Continúa con…)

Mitos y leyendas.